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“Cuando liberás un pingüino, te das cuenta de que con una pequeña acción podés cambiar las cosas”

Pero nadie sabe, hasta hoy, que todo comenzó de chico, con su abuela puntana que había migrado hacia Comodoro Rivadavia (Chubut) quien le hablaba con fascinación de los pingüinos y que encendió en él la llama de su imaginación por estos animales.

Su primera vocación, sin embargo, fue la diplomacia. Y terminó nomás de embajador: no de la Argentina sino de estas aves marinas, que son leyenda desde que las registraron por primera vez en 1520, en la expedición de Magallanes.

En los ‘80, Borboroglu, a quien llaman Popi, era guía de una excursión de turistas extranjeros en las costas de Chubut. Su tío tenía una agencia de viajes en Trelew y él, que sabía idiomas (recuerden: quería ser embajador), le daba una mano. En eso, detectó pingüinos empetrolados y se puso a lavarlos con detergente. En esa época, morían unos 40 mil ejemplares por año, víctimas de los derrames y de la negligencia de los barcos.

Decidió, entonces, que tenía que dejar la abogacía (la carrera que lo llevaría a la diplomacia) y cambió por biología. “Cuando liberás un pingüino, te das cuenta de que con una pequeña acción podés cambiar las cosas. Ahí tomé conciencia de que podés tener un impacto en la conservación. Y me puse a estudiar para adquirir las herramientas”, recuerda, mientras recorre con Viva los áridos caminos patagónicos.

GPS

Una vuelta, en un congreso sobre pingüinos en Tasmania, estaban todos lamentándose por la mala suerte del animal, cuando Popi decidió que era mejor pasar a la acción que llorar. Esa es su personalidad. Entonces, decidió formar una organización que tenía como objetivo ser brazo científico de la conservación. Así nació la Global Penguin Society (GPS), con una triple misión: hacer ciencia, ayudar al manejo de la especie y educar. La red está hoy presente en 19 países.

“GPS nació para potenciar a los investigadores y a la gente que trabajaba en conservación y hacer un frente común. Unificar experiencias que se puedan compartir y hacer cosas que necesitan la suma de las partes. Había problemas que escapaban a la jurisdicción nacional: pesqueras ilegales, petróleo, tráfico”, cuenta Borboroglu.

EL RECONOCIMIENTO

En 2018, Borboroglu, que es investigador del Conicet, no paró de recibir premios por su tarea de ciencia, educación y conservación, que incluye la creación de una área protegida del tamaño de Bélgica. En Londres, la princesa Ana (la hermana del príncipe Carlos) le entregó el Whitley Gold Award, considerado como el Oscar Verde. En la gala estaba el venerable David Attenborough, narrador de los fascinantes documentales de la BBC sobre naturaleza y, desde entonces, la foto con él ilustra su perfil de WhatsApp.

En Washington, además, la National Geographic le dio un premio al liderazgo en conservación. A las dos premiaciones fue vestido en traje y con un poncho con guarda cruzándole el hombro, en señal de argentinidad.

PROTEGER LAS PINGUINERAS

Proteger esta o cualquier otra pingüinera era muy importante porque la especie Magallanes, la más numerosa de la Patagonia, está decreciendo, según la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN), el organismo que hace la famosa “lista roja” de las especies. Su estado actual es “cercano a la amenaza”, con lo cual, las tareas de conservación son muy importantes.

¿Qué nos están diciendo hoy los pingüinos sobre el estado del océano?, le pregunto. “Que están en problemas. En cosas que se ven y en cosas que no se ven. El pingüino es indicador porque está afectado por los principales problemas del océano: cambio climático, mal manejo de pesqueras comerciales y la polución marina. Antes, fue el tema del petróleo y ahora se están sufriendo los plásticos. Hay lugares que tienen efluentes cloacales. El disturbio humano y la introducción de predadores también son problemáticos. El pingüino es la cara visible de una cuestión más grande”, responde.

Ahora, después de todas estas historias terribles, está claro que el pingüino vivo es más valioso que el muerto. No sólo porque el turismo genera puestos de trabajo en donde está su hábitat, sino también porque su presencia en el ecosistema marino es clave: se alimenta de algunas especies y, a su vez, es alimento para otros. No hay mar saludable sin él.

 

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